Qué bonito es este momento, hay tanta belleza en él. Me encanta cuando Pavarotti mira a la orquesta y vuelve la cabeza hacia el escenario con esa media sonrisa. Está pensando: ¡¡¡Qué preciosidad, es imposible que nada pueda salir mal!!! Con qué respeto escucha al aprendiz… con qué humildad… y otra vez, esa sonrisa que consigue transmitir que nada puede salir mal.
Con qué admiración escucha Bryan Adams cuando el maestro se emplea a fondo. Vaya derroche de pasión que hacen ambos, y qué bien combina esta con el respeto y la humildad. Los dos artistas perciben perfectamente la belleza del momento y la magia se instala en el escenario, como en la vida misma cuando afinamos la vista.
Si fuésemos capaces de observar con detenimiento y agradecimiento las muchísimas cosas buenas que hay en la vida, seríamos simplemente felices, como lo son estos dos genios en este escenario y en este momento.
Todos los días, de camino al trabajo, cuando entro en Valencia con el coche y paso por el puente del Real que cruza el antiguo cauce del río Turia, me doy cuenta de lo bonita que es esta ciudad y de las muchas cosas buenas que tiene la vida. La familia, los amigos, la naturaleza, las risas, etc.… y pienso que no puedo hacer nada más que estar muy agradecido, y es justo en ese momento cuando conecto de verdad conmigo mismo, y cuando la magia se apodera de mí, y al girar la esquina de la glorieta y entrar en la calle de La Paz, veo los balcones plagados de músicos asomados a las ventanas, en uno un violinista, en el otro un trompetista, más allá un chelo, un flautista… Todos ellos tocan al unísono “O Sole mio” mientras una lluvia de flores de colores cae del cielo. Todo el mundo en las aceras sonríe y se da los buenos días. Un invidente cruza la calle ayudado por un lobo feliz, y hasta el chofer de un BUS de línea me hace un gesto para dejarme pasar… Y al fondo, en la Plaza de la Reina están ellos: ¡¡¡Pavarotti y Bryan Adams cantando “O Sole mio” mientras los músicos no dejan de tocar… Qué momentazo ver a Don Luciano sonriéndome!!! Y es justo en ese momento cuando me digo a mí mismo que nada puede salir mal…
Una vez, crucé el puente del Real cabreado con el mundo y lamentando mi existencia, y al llegar a la calle de la Paz quise ver a los músicos asomados, pero en las ventanas solo había ejecutivos estresados hablando por teléfono. En la calle, la gente andaba deprisa y nadie se saludaba ni se miraba a la cara; en lugar de música, solo escuchaba el claxon y los gritos de un taxista enfadado y el frenazo de un conductor alterado, que a punto estuvo de atropellar a un invidente que cruzaba la calle con un lobo feroz que no dejaba de ladrarle, todo ello mientras el chofer de un autobús invadía mi carril a punto de provocar un accidente, y al final de la calle, ya en la plaza de la Reina, estaban ellos: El dúo Pimpinela y me cantaban cabreados “Vete y pega la vuelta”, mientras yo les preguntaba: ¿Han visto a don Luciano? ¿Y al bueno de Adams?
En fin. Si conseguimos apreciar la belleza de todo aquello que nos rodea, estoy seguro de que podremos ver a Pavarotti y a Bryan Adams cantando “O Sole mio” en cualquier lugar, y doy por seguro que Don Luciano nos sonreirá, y es entonces cuando tendremos la certeza de que nada, absolutamente nada, podrá salir mal.