Ayer, una conocida con la que conversaba por videollamada me contó un drama personal que me atravesó el corazón, no sé si por el fondo o por la forma, porque a pesar de la crudeza de su relato, su actitud era tan positiva, tan de agradecimiento a la vida, que con cada una de sus sonrisas conseguía generar en mí un derroche de admiración hacia ella y, a la vez, una gran dosis de vergüenza hacia mí mismo.
Hoy, desayunando en el Monte Picayo, observando las montañas, el mar, el silencio orquestado por el canto de los pájaros, y a escasos minutos de que bajasen mis tres sonrisas favoritas, me he dado cuenta, una vez más, de lo bonita que es la vida, y de la sonrisa tan enorme que exhibe todos y cada uno de los días. Tenemos que aprender a verla y a valorarla, porque no hacerlo es un delito imperdonable. Cuéntale tú a mi conocida, después de haberla escuchado, que fulanito te ha hecho esto… o que no puedes más con la presión en el trabajo… O dile que estás jodido porque te han puesto una multa.
La vida, a pesar de las dificultades, de los problemas y de los errores, luce una sonrisa preciosa, maravillosa, infinita. La familia, de forma incondicional, así como la naturaleza, la música, la literatura, el deporte y, por supuesto, los amigos, forman parte de esa sonrisa, y siempre nos ayudarán a verla. Un amigo es aquel que se esfuerza por dibujarte y señalarte la sonrisa, esa que a veces no sentimos ni vemos, mientras damos importancia a absurdeces y tonterías.
Si nos detuviésemos y observásemos, nos daríamos cuenta de que la vida es pura magia… PURA SONRISA, y aunque a veces produzca amargura y esta la difumine, siempre hay que creer en ella, como lo hace mi conocida, que a pesar de todo, luce una sonrisa tan bonita como la de la propia vida.