Caminaba un hombre por el bosque en la oscuridad de la noche, perdido, desorientado, atormentado… y se encontró con un ser de luz, un mago del alma… y este le dijo:
—¿Qué hace en este bosque, señor?
—Señor mago, ando por el camino del desconsuelo. La vida me ha golpeado, me ha rasgado el alma y me ha llenado de dolor y de ira. No tengo nada, solo el vacío más absoluto, y trato de encontrar un poco de esperanza para no caer en el abismo.
—¿Qué puedo hacer?
—Verá, señor, conozco un lugar en el que encontrará cuidado para sus heridas, calma para su ira y el amor necesario para mitigar su dolor. Un lugar en el que hay amor verdadero y honesto, sin condiciones. Si lo alcanza, su alma volverá a ser tan fuerte como la de un guerrero y el abismo quedará lejos.
—¿De verdad existe ese lugar?
—Sí, señor, se lo prometo, pero tendrá que cruzar una larga y tortuosa travesía para alcanzarlo. Un difícil camino plagado de grandes peligros. Un recorrido inhóspito por el que muchos han perecido, y solo unos pocos han conseguido alcanzar.
Deberá cruzar el desierto de los desagradecidos. Cientos de kilómetros de arena, sol y viento, y miles de esqueletos de personas que solo supieron enfocarse en lo que no tenían, y no supieron valorar lo que sí tenían. Esta es la única forma de salir con vida de ese maldito desierto.
Luego deberá atravesar el bosque del olvido, en el que solo encontrará bestias y almas en pena de los que no supieron olvidar y perdonar, o de aquellos que olvidaron algo que jamás debieron haber olvidado. No cometa jamás esos errores…
Y, por último, deberá subir una de las montañas más grandes del planeta, la montaña de los hombres perdidos, para llegar al pico del amor infinito, y cuando llegue allí, y solo allí, encontrará lo necesario para ser de nuevo un guerrero del alma y combatir con contundencia sus demonios. La única forma de acceder es ayudando a todo aquel que se encuentre por sus angostos caminos; aunque no lo crea, la ayuda que proporcione a cualquier ser de los que allí habitan le vendrá devuelta y le impulsará hacia la cumbre de la montaña. Le advierto de que la montaña está llena de hombres perdidos que solo pensaron en sí mismos, y que andan vagando desde hace años desconcertados y consumidos sin encontrar el grandioso pico.
El hombre hizo caso al mago y se dispuso a recorrer el difícil camino con todas sus fuerzas. Durante semanas, se enfrentó a diferentes peligros y estuvo varias veces entre la vida y la muerte. Bestias, frío, calor, hambre y sed.
Y en la séptima semana el hombre andaba moribundo, desorientado y desesperanzado por la montaña, y justo cuando empezaba a desconfiar de la promesa del mago, encontró un impresionante haz de luz que emanaba de la tierra y se proyectaba hacia el cielo conectando con la estrella polar y marcando la cima del tan ansiado pico, y al llegar a la cumbre vio la silueta de una anciana mujer, al acercarse vio que esta le sonreía, el hombre confuso, se dio cuenta de que era su amada madre y corrió emocionado a abrazarla, fundido en un abrazo y con lágrimas en los ojos comprendió la importancia del difícil camino que le había hecho recorrer el mago, y entendió que se había convertido de nuevo en lo que su maravillosa madre le enseñó a ser: Un guerrero del alma.
—Pero madre, hay algo que no alcanzo a comprender… Solo unos pocos hombres fuertes han conseguido atravesar el duro desierto, el inhóspito bosque y subir la gran montaña. ¿Cómo lo ha conseguido usted?
La mujer miró a su hijo a los ojos y con una tierna sonrisa, le contestó:
—¡¡Pensando en ti, hijo, tan solo pensando en ti!!