En enero de 2009, en una noche lluviosa y fría de invierno, apareció tras una de las ventanas de nuestra cocina una pequeña y raquítica gatita de color blanco y manchas grises. Estaba en horas bajas, desnutrida, débil y algo mojada. Mientras yo preparaba la cena, ella no dejaba de observarme a través del cristal. En un primer instante no le hicimos mucho caso; es frecuente el tránsito de gatos por esta montaña y no podemos dar de comer a todos los que deambulan por aquí.
Antes de irme a dormir, me acerqué de nuevo a la cocina y la gatita seguía allí, fija, inmóvil y con una mirada muy profunda, de esas que no necesitan palabras. A la mañana siguiente, al entrar en la cocina para preparar el desayuno, vi que la pequeña felina seguía observándome a través del cristal, exactamente en la misma posición en la que estaba la noche anterior. Sus ojos, abiertos como platos, transmitían esperanza y no se atrevían a parpadear para no perder una oportunidad de alimentarse. Durante varios días se repitió la historia. Un buen día decidí salir y darle de comer. Al principio se asustó. El miedo vencía a las ganas de comer. Se acercaba y salía corriendo en una escena al más puro estilo “Bailando con lobos”.
Decidimos adoptarla en nuestra parcela y bautizarla con el nombre de “Crisis”. Su estado lamentable y el tema del momento nos pusieron de acuerdo enseguida…
Desde aquel día, “Crisis” se ha convertido en un ejemplo de constancia, tenacidad y espíritu de sacrificio: Llueva, nieve o caigan rayos, “Crisis” siempre nos mira desde la ventana indiscreta. Su estado físico ha mejorado mucho, aunque sigue siendo flaquita y pequeñita, pero es una gata con mucho estilo y todos los gatos de Monte Picayo están loquitos por ella, incluido el nuestro.
Hoy he llegado a casa cansado, abatido. No ha sido un buen día. Me pongo a hacer nuestra cena; las luces exteriores están apagadas, pero vislumbro una sombra. Es ella. La luchadora, la constante, la inagotable, mi gata. La miro a ella y todos los aspectos negativos del día se me olvidan. Es el símbolo de la lucha y del “Querer es poder”, madre coraje donde las haya.
Algunas veces me pregunto: ¿Cómo? Y, ¿por qué? Llegó hasta aquí. ¿Realmente cuidamos nosotros de ella, o es ella la que con su actitud nos ayuda? ¿Cómo es posible que una cosa tan pequeñita nos infunda tanto respeto y admiración?
Así es que mi querida gata, a partir de hoy dejarás de llamarte “Crisis” y pasarás a llamarte “Class”. Mañana tengo un día muy importante; nos vemos en el desayuno…